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2013/04/16

Mi viaje hacia un mundo recién visible, por John Berger


Diario posterior a una operación de cataratas

Catarata, del griego "kataraktes", significa cascada grande de agua o compuerta, rastrillo de puerta de muralla, una obstrucción que cae desde arriba. Compuerta extirpada delante del ojo izquierdo. En el derecho, la catarata sigue. 

Juego, mirando un objeto y cerrando después, primero el ojo izquierdo, luego el derecho. Las dos visiones son nítidamente distintas. Definir la(s) diferencia(s).

Con el ojo derecho solo, todo parece gastado, con el ojo izquierdo solo, todo parece nuevo. No me refiero a que el objeto mirado cambia su vejez evidente; sus signos de vejez o juventud relativa siguen siendo los mismos. Lo que cambia es la luz que cae sobre el objeto y que éste refleja. Es la luz lo que se renueva o –al disminuir – envejece. 

La luz que hace posible la vida y lo visible. Tal vez aquí toquemos la metafísica de la luz (Viajar a la velocidad de la luz significa dejar atrás la dimensión temporal). Al caer, no importa sobre qué, la luz otorga una cualidad de "primeridad" que lo vuelve prístino aunque en realidad puede ser una montaña o un mar de equis millones de años. La luz existe como un continuo comienzo interminable. La oscuridad, en cambio, no es, como suele suponerse, una finalidad sino un preludio. Es lo que me dice mi ojo izquierdo que apenas puede distinguir los contornos todavía.

El color que volvió en un grado imprevisto es el azul. (El azul y el violeta con sus ondas cortas son desviados por la opacidad de la catarata.) No sólo los azules puros, también los azules que intervienen en otros colores. Los azules en ciertos verdes, en ciertos morados y magentas y en ciertos grises. Como si el cielo recordara su cita con los otros colores de la tierra.

Todos estos azules jugando con la luz crean el resplandor de la plata o el estaño. Un resplandor que no tiene nada que ver con el brillo sedado del oro o el cobre.

La plata es rápida –basta ver el mercurio. El resplandor plateado de los peces, del chorro de agua, de la luz del sol en las hojas. Para mi ojo izquierdo, las noches son ahora más oscuras debido al contraste más intenso con el resplandor de los días. El azul es también el color de la profundidad y la distancia.

Otra diferencia entre la visión de uno y otro ojo tiene que ver con la distancia. La compuerta se cierra. Con mi ojo izquierdo puedo salir y la distancia aumenta de dos maneras. Veo más lejos y, simultáneamente, toda medida de distancia se alarga: un kilómetro se vuelve más largo, como lo hace un centímetro. Me vuelvo más consciente del aire, del espacio, entre las cosas, porque ese espacio está lleno de luz como un vaso puede estar lleno de agua. Con cataratas, esté uno donde esté, siempre está, en cierto sentido, ¡adentro! Debido a mi mayor percepción del espacio, mi sentido de lo lateral –de lo que está pasando de izquierda a derecha, de lo que es paralelo al horizonte– es mayor. Soy más consciente de lo que está pasando frente a mí, distinto de lo que está dirigido a mí. Si la distancia se alarga, la anchura, a su vez, se ensancha.

Cada par de ojos inevitablemente debe cargar con su propio horizonte. Pero este sentido ampliado de anchura y de lo lateral lo estimula a uno a imaginar (como ocurre en la infancia) una multitud de horizontes alternativos. La compuerta cayó desde arriba. Los horizontes se extienden en todas direcciones. Detrás de mi ojo derecho cuelga una arpillera; detrás de mi ojo izquierdo hay un espejo. Por supuesto no veo ni la arpillera ni el espejo. Sin embargo, lo que miro refleja ostentosamente su diferencia. Ante la arpillera, lo invisible permanece indiferente; ante el espejo comienza a jugar.

30 de mayo. 


Bajo todos los criterios posibles, un cielo excepcionalmente azul en París. Alzo los ojos hacia un abeto y tengo la impresión de que los pequeños fragmentos fractales del cielo, que veo entre las masas de agujas de pino, son las flores azules de los árboles del color de las espuelas de caballero. El mercurio de la luz ahora se vuelve opalescente y perlado. Pero no disminuye para nada la cualidad de "primeridad" que otorga la luz. Como si la luz y lo iluminado llegaran al mismísimo instante. (¿No es ése acaso el secreto de la visibilidad?)

Mañana se cumplirán tres semanas de la operación. Si trato de resumir la experiencia transformada de mirar, diría que es como encontrarse de golpe en una escena pintada por Vermeer. Por ejemplo: Doncella vertiendo leche (Rijksmuseum, Amsterdam). Miramos esos objetos y el pan en la mesa donde está el recipiente en el cual la doncella vuelca la leche de un jarro, y la superficie de todo lo que miramos está cubierta por un velo de luz, gotas de luz de la primera mañana.




Más apuntes después de la operación de mi ojo derecho (26 de marzo de 2010), cuya catarata era más rígida y opaca.


Esta vez, la creciente (sensación) de luz es menos específica y más generalizada. No es tanto que las cosas parezcan mejor iluminadas, sino más bien que soy agudamente consciente de que todo está rodeado de luz. El elemento de aire devino elemento de luz. Como los peces viven y nadan en agua: nosotros vivimos y nos movemos a través de la luz.

La luz ubicua recién descubierta es serena y silenciosa; las sombras y la oscuridad son ruidosas. La luz apoya su mano en mi espalda. No me giro porque desde hace mucho, mucho tiempo, reconozco su tacto. Es lo que primero vimos y nunca nombramos.

La eliminación de las cataratas es comparable a la eliminación de una forma particular de olvido. Los ojos comienzan a re-memorar primeros momentos. Y en ese sentido, lo que experimentan después de la intervención es una suerte de renacimiento visual. El papel blanco en el que estoy escribiendo hoy (2 días después de la operación) es más blanco que todo lo que me había acostumbrado a ver. Vuelvo a la cocina de mi madre en mi infancia: había blancos comparables sobre la mesa, en la pileta o en las estanterías. Y aquellos blancos del papel y la porcelana y el esmalte contenían una promesa que este papel blanco hoy rememora.


Aclaremos las implicaciones de lo que digo. Obviamente, a lo largo de muchas décadas después de mi infancia he visto hojas de papel blanco tan blancas como ésta. Pero poco a poco la blancura se atenuó sin que yo lo notara. Por consiguiente, lo que yo llamaba papel blanco, cambió, se volvió más tenue. Y lo que está ocurriendo esta tarde es que no me doy cuenta de esto con mi inteligencia, sino que la blancura del papel se precipita a mis ojos y mis ojos abrazan la blancura como un viejo amigo perdido.

Escribo sobre el papel con tinta negra. Y los negros (diferentes de los grises oscuros, los azules oscuros o los verdes o las sombras) han adquirido más peso, son más pesados. Otros colores destellan o se retraen o penetran pero los negros parece que hubieran sido depositados. Colocados encima. Y esto se relaciona con su peso. El negro de una sustancia natural –como el ébano, la obsidiana o la cromita– nunca es negro puro; otros colores se ocultan en su interior. Los negros aplicados son todos hechos por el hombre.

Antes de la operación, hice un dibujo en colores de una flor –un pensamiento azul. Lo hice de ese modo con la idea de hacer otro dibujo de la misma flor después de la operación.

Ninguno de los dibujos es una copia. Ambos son, por supuesto, interpretaciones de lo que veo. No surgieron directos de las retinas de mis ojos. De todos modos constato que la diferencia entre ellos es similar a la diferencia entre lo que percibía antes y después de la extirpación de la catarata.

Cuando los comparo ahora es como si en el primer dibujo yo hubiera registrado fielmente una secuencia de notas musicales sin ser capaz de oír las vibraciones de sus sonidos físicos. En el segundo dibujo, las vibraciones de esas notas estaban ante mis ojos.

La estructura y la forma de la flor no cambiaron, como tampoco la lógica botánica de su colorido. Lo que cambió es la intimidad de su colorido. Sus colores se desnudaron ante mis ojos.

Después de esta operación, a diferencia de la primera, el ojo curado, una o dos horas después de la intervención, empezó a dolerme y el dolor continuó aproximadamente un día. Con calmantes suaves era muy tolerable. El paso por ese pequeño dolor fue inseparable de mi viaje hacia un mundo recién visible. Salí del dolor al umbral de una nueva visibilidad.

Una intervención quirúrgica para extirpar las cataratas devuelve a los ojos buena parte de su talento perdido. Talento, no obstante, implica invariablemente cierta cantidad de esfuerzo y resistencia como también gracia y beneficio. Y por esa razón la nueva visibilidad representó para mí no sólo un don sino un logro. Principalmente, el logro de los médicos y las enfermeras que realizaron la intervención y también, en grado un poco menor, el logro de mi cuerpo. 
El dolor me hizo tomar conciencia de eso.

Al abrir un diccionario y consultarlo, volvemos a descubrir o descubrimos por primera vez, la precisión de una palabra. La precisión de lo que denota, pero también el lugar preciso de la palabra en la diversidad del lenguaje.

Con las dos cataratas eliminadas, lo que veo con mis ojos es ahora como un diccionario que puedo consultar sobre la precisión de las cosas. La cosa en sí, y también su lugar entre otras cosas.

Soy mucho más consciente de la escala comparativa: lo pequeño se vuelve más pequeño, lo grande más grande, lo inmenso más inmenso. Y lo mismo sucede, no sólo con las cosas, sino con los espacios. Lo pequeño se vuelve más íntimo, lo grande más amplio. Y es porque los detalles –el gris exacto del cielo en determinada dirección, la forma en que un nudillo se arruga cuando una mano está relajada, la ladera de un campo verde a un lado distante de una casa– esos detalles reasumen una significación olvidada.

Regresó, maravillosamente, la heterogeneidad ordinaria de lo existente. Y los dos ojos, eliminadas las compuertas, una y otra vez, registran sorpresa.


Traducción de Cristina Sardoy.
© John Berger y Clarín, 2010.


web de Ñ: Texto publicado en Ñ 
John Berger, el prestigioso novelista, crítico y artista plástico inglés, autor de "Mirar" y "Modos de ver", entre otros, ofrece en exclusiva para Ñ el diario posterior a una operación de cataratas en el ojo izquierdo que le otorgó, en la madurez, un nuevo sentido de las distancias, los tamaños, las formas y los colores.


John Berger

Rijksmuseum

2009/12/25

Mirar un cuadro

Robert Hughes, escritor y crítico de arte con un gran prestigio internacional, es también un gran aficionado a la pesca, sin ser un experto pescador. "Un idiota en un extremo de una línea, esperando a un idiota en el otro", es una manera popular de definir la pesca con caña y es como titula su libro sobre el tema: "A Jerk on One End: Reflections of a Mediocre Fisherman", en el que nos explica que pescar con caña consiste en gran medida en no capturar ningún pez y que el fracaso forma parte de este deporte igual que las heridas en la rodilla forman parte del fútbol.
Robert Hughes creció en Sydney Harbour, en Australia, practicando rugby en el colegio cuando su idea de un deporte de contacto era el ajedrez. Desarrolló una gran afición a la pesca por la posibilidad que le daba de permanecer solo varias horas, algo valioso a esa edad para quien tiene fama merecida de listillo snob entre sus compañeros y un padre muy ocupado. Ningún problema, porque sin ser consciente de ello entonces, estaba recibiendo una educación muy valiosa en mirar y discriminar.
Traduzco libremente del inglés un párrafo de su libro:
"Para pescar algo, por pequeño que sea, has de percibir qué pasa: el movimiento del agua y los dibujos que hace, las rocas, las algas, el temblor de los pececillos en desbandada que delata a un depredador mayor por debajo de ellos. El tiempo que pasé en el muelle me enseñó a concentrarme en lo visual, porque pescar es una actividad intensamente visual, incluso-quizá especialmente-cuando no ocurre nada. Ver es fácil, pero aprender a mirar es algo que ocurre gradualmente, algo que se adquiere poco a poco de una forma inconsciente y llega con sigilo. La señal de que se ha adquirido es el hecho de que ya no te aburre la ausencia de lo espectacular."

La ausencia de lo espectacular es precisamente lo que hace que mirar un cuadro sea una experiencia placentera, porque si hemos superado el primer impacto después de verlo y seguimos mirando, podremos recorrer y disfrutar el dibujo, la composición, la gama de color, los matices, las innumerables decisiones que ha tomado el pintor con respecto al tema, veremos el tiempo que el pintor pasó frente a la tela y podremos compartir la luz que le iluminó, las emociones que le influyeron y la conclusión a la que llegó, al firmarlo, de que aquel cuadro es su visión del mundo y que quiere compartir esa visión con cualquiera que en ese momento se detenga a mirar su cuadro.  

2009/12/23

Ver cuadros en la web, con super alta resolución

























Ahora podemos ver en la pantalla del ordenador algunas obras maestras de la pintura que están en el Museo del Prado de Madrid, con un grado de definición y de detalle como nunca antes nos fué posible visitando las salas del Museo, gracias a la super alta resolución. Es increíble acercarse a los cuadros y poder ver la pincelada como si sólo nos separaran unos centímetros de la tela. Vemos el craquelé, la trama del lienzo, el rastro del pincel como lo veríamos si pudiéramos acercar una lupa. Podemos ver cada trazo de la cabellera huyendo de la frente de Eva en el Jardin de las Delicias de el Bosco, o ver la mancha nada redonda de la pupila de una Menina de Velázquez y la comisura de la sonrisa de una de las Tres Gracias de Rubens.
Son catorce cuadros extraordinarios, como lo es la manera de verlos que ha posibilitado Google Earth, digitalizando estas imágenes en formato super alta resolución. No puedo poner un enlace directo ya que para verlo hay que instalar gratuitamente Google Earth en nuestro ordenador, buscar Museo del Prado, Madrid, España y una vez allí, seleccionar la opción Obras Maestras que aparece como un pequeño recuadro blanco sobre el edificio. 
Por curiosidad he buscado si existía en el Louvre y en el British Museum la misma posibilidad de ver obras que se encuentran allí con este grado de definición, pero no lo he encontrado. Aunque ha sido pura avidez, ya que bucear con este nivel de detalle visual en estos catorce cuadros puede llevar a cualquier aficionado a la pintura, a disfrutar durante años de la riquísima imaginación visual de el Bosco, de la precisión de Durero, o de las transparencias de Rubens y descubrir nuevos detalles en cada visita. Todavía recuerdo el curso de Historia del Arte que nos dió el profesor José Milicua en la facultad de Bellas Artes, donde durante un año observamos únicamente tres cuadros: "El matrimonio de los Arnolfini", de Jan Van Eyck, "La muerte de Marat", de David y el "Guernica" de Picasso. En esas clases que siempre se me hacían cortas aprendí a mirar los cuadros, que veíamos proyectados en diapositivas en la Sala de Actos. Primero mostraba el cuadro en general y después nos acercaba a observar y analizar los detalles, mientras nos hablaba de las técnicas de pintura que había utilizado el pintor, el estilo artístico al que pertenecía, el contexto histórico en que vivió el artista y realizó su obra, y costumbres de la época o sucesos históricos que plasmaba. El cuadro crecía y crecía a nuestros ojos conforme con sus palabras José Milicua ampliaba nuestra manera de mirarlo. 

Gracias a Luis Serra por enseñarme esta opción en google earth.