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2013/04/16

Mi viaje hacia un mundo recién visible, por John Berger


Diario posterior a una operación de cataratas

Catarata, del griego "kataraktes", significa cascada grande de agua o compuerta, rastrillo de puerta de muralla, una obstrucción que cae desde arriba. Compuerta extirpada delante del ojo izquierdo. En el derecho, la catarata sigue. 

Juego, mirando un objeto y cerrando después, primero el ojo izquierdo, luego el derecho. Las dos visiones son nítidamente distintas. Definir la(s) diferencia(s).

Con el ojo derecho solo, todo parece gastado, con el ojo izquierdo solo, todo parece nuevo. No me refiero a que el objeto mirado cambia su vejez evidente; sus signos de vejez o juventud relativa siguen siendo los mismos. Lo que cambia es la luz que cae sobre el objeto y que éste refleja. Es la luz lo que se renueva o –al disminuir – envejece. 

La luz que hace posible la vida y lo visible. Tal vez aquí toquemos la metafísica de la luz (Viajar a la velocidad de la luz significa dejar atrás la dimensión temporal). Al caer, no importa sobre qué, la luz otorga una cualidad de "primeridad" que lo vuelve prístino aunque en realidad puede ser una montaña o un mar de equis millones de años. La luz existe como un continuo comienzo interminable. La oscuridad, en cambio, no es, como suele suponerse, una finalidad sino un preludio. Es lo que me dice mi ojo izquierdo que apenas puede distinguir los contornos todavía.

El color que volvió en un grado imprevisto es el azul. (El azul y el violeta con sus ondas cortas son desviados por la opacidad de la catarata.) No sólo los azules puros, también los azules que intervienen en otros colores. Los azules en ciertos verdes, en ciertos morados y magentas y en ciertos grises. Como si el cielo recordara su cita con los otros colores de la tierra.

Todos estos azules jugando con la luz crean el resplandor de la plata o el estaño. Un resplandor que no tiene nada que ver con el brillo sedado del oro o el cobre.

La plata es rápida –basta ver el mercurio. El resplandor plateado de los peces, del chorro de agua, de la luz del sol en las hojas. Para mi ojo izquierdo, las noches son ahora más oscuras debido al contraste más intenso con el resplandor de los días. El azul es también el color de la profundidad y la distancia.

Otra diferencia entre la visión de uno y otro ojo tiene que ver con la distancia. La compuerta se cierra. Con mi ojo izquierdo puedo salir y la distancia aumenta de dos maneras. Veo más lejos y, simultáneamente, toda medida de distancia se alarga: un kilómetro se vuelve más largo, como lo hace un centímetro. Me vuelvo más consciente del aire, del espacio, entre las cosas, porque ese espacio está lleno de luz como un vaso puede estar lleno de agua. Con cataratas, esté uno donde esté, siempre está, en cierto sentido, ¡adentro! Debido a mi mayor percepción del espacio, mi sentido de lo lateral –de lo que está pasando de izquierda a derecha, de lo que es paralelo al horizonte– es mayor. Soy más consciente de lo que está pasando frente a mí, distinto de lo que está dirigido a mí. Si la distancia se alarga, la anchura, a su vez, se ensancha.

Cada par de ojos inevitablemente debe cargar con su propio horizonte. Pero este sentido ampliado de anchura y de lo lateral lo estimula a uno a imaginar (como ocurre en la infancia) una multitud de horizontes alternativos. La compuerta cayó desde arriba. Los horizontes se extienden en todas direcciones. Detrás de mi ojo derecho cuelga una arpillera; detrás de mi ojo izquierdo hay un espejo. Por supuesto no veo ni la arpillera ni el espejo. Sin embargo, lo que miro refleja ostentosamente su diferencia. Ante la arpillera, lo invisible permanece indiferente; ante el espejo comienza a jugar.

30 de mayo. 


Bajo todos los criterios posibles, un cielo excepcionalmente azul en París. Alzo los ojos hacia un abeto y tengo la impresión de que los pequeños fragmentos fractales del cielo, que veo entre las masas de agujas de pino, son las flores azules de los árboles del color de las espuelas de caballero. El mercurio de la luz ahora se vuelve opalescente y perlado. Pero no disminuye para nada la cualidad de "primeridad" que otorga la luz. Como si la luz y lo iluminado llegaran al mismísimo instante. (¿No es ése acaso el secreto de la visibilidad?)

Mañana se cumplirán tres semanas de la operación. Si trato de resumir la experiencia transformada de mirar, diría que es como encontrarse de golpe en una escena pintada por Vermeer. Por ejemplo: Doncella vertiendo leche (Rijksmuseum, Amsterdam). Miramos esos objetos y el pan en la mesa donde está el recipiente en el cual la doncella vuelca la leche de un jarro, y la superficie de todo lo que miramos está cubierta por un velo de luz, gotas de luz de la primera mañana.




Más apuntes después de la operación de mi ojo derecho (26 de marzo de 2010), cuya catarata era más rígida y opaca.


Esta vez, la creciente (sensación) de luz es menos específica y más generalizada. No es tanto que las cosas parezcan mejor iluminadas, sino más bien que soy agudamente consciente de que todo está rodeado de luz. El elemento de aire devino elemento de luz. Como los peces viven y nadan en agua: nosotros vivimos y nos movemos a través de la luz.

La luz ubicua recién descubierta es serena y silenciosa; las sombras y la oscuridad son ruidosas. La luz apoya su mano en mi espalda. No me giro porque desde hace mucho, mucho tiempo, reconozco su tacto. Es lo que primero vimos y nunca nombramos.

La eliminación de las cataratas es comparable a la eliminación de una forma particular de olvido. Los ojos comienzan a re-memorar primeros momentos. Y en ese sentido, lo que experimentan después de la intervención es una suerte de renacimiento visual. El papel blanco en el que estoy escribiendo hoy (2 días después de la operación) es más blanco que todo lo que me había acostumbrado a ver. Vuelvo a la cocina de mi madre en mi infancia: había blancos comparables sobre la mesa, en la pileta o en las estanterías. Y aquellos blancos del papel y la porcelana y el esmalte contenían una promesa que este papel blanco hoy rememora.


Aclaremos las implicaciones de lo que digo. Obviamente, a lo largo de muchas décadas después de mi infancia he visto hojas de papel blanco tan blancas como ésta. Pero poco a poco la blancura se atenuó sin que yo lo notara. Por consiguiente, lo que yo llamaba papel blanco, cambió, se volvió más tenue. Y lo que está ocurriendo esta tarde es que no me doy cuenta de esto con mi inteligencia, sino que la blancura del papel se precipita a mis ojos y mis ojos abrazan la blancura como un viejo amigo perdido.

Escribo sobre el papel con tinta negra. Y los negros (diferentes de los grises oscuros, los azules oscuros o los verdes o las sombras) han adquirido más peso, son más pesados. Otros colores destellan o se retraen o penetran pero los negros parece que hubieran sido depositados. Colocados encima. Y esto se relaciona con su peso. El negro de una sustancia natural –como el ébano, la obsidiana o la cromita– nunca es negro puro; otros colores se ocultan en su interior. Los negros aplicados son todos hechos por el hombre.

Antes de la operación, hice un dibujo en colores de una flor –un pensamiento azul. Lo hice de ese modo con la idea de hacer otro dibujo de la misma flor después de la operación.

Ninguno de los dibujos es una copia. Ambos son, por supuesto, interpretaciones de lo que veo. No surgieron directos de las retinas de mis ojos. De todos modos constato que la diferencia entre ellos es similar a la diferencia entre lo que percibía antes y después de la extirpación de la catarata.

Cuando los comparo ahora es como si en el primer dibujo yo hubiera registrado fielmente una secuencia de notas musicales sin ser capaz de oír las vibraciones de sus sonidos físicos. En el segundo dibujo, las vibraciones de esas notas estaban ante mis ojos.

La estructura y la forma de la flor no cambiaron, como tampoco la lógica botánica de su colorido. Lo que cambió es la intimidad de su colorido. Sus colores se desnudaron ante mis ojos.

Después de esta operación, a diferencia de la primera, el ojo curado, una o dos horas después de la intervención, empezó a dolerme y el dolor continuó aproximadamente un día. Con calmantes suaves era muy tolerable. El paso por ese pequeño dolor fue inseparable de mi viaje hacia un mundo recién visible. Salí del dolor al umbral de una nueva visibilidad.

Una intervención quirúrgica para extirpar las cataratas devuelve a los ojos buena parte de su talento perdido. Talento, no obstante, implica invariablemente cierta cantidad de esfuerzo y resistencia como también gracia y beneficio. Y por esa razón la nueva visibilidad representó para mí no sólo un don sino un logro. Principalmente, el logro de los médicos y las enfermeras que realizaron la intervención y también, en grado un poco menor, el logro de mi cuerpo. 
El dolor me hizo tomar conciencia de eso.

Al abrir un diccionario y consultarlo, volvemos a descubrir o descubrimos por primera vez, la precisión de una palabra. La precisión de lo que denota, pero también el lugar preciso de la palabra en la diversidad del lenguaje.

Con las dos cataratas eliminadas, lo que veo con mis ojos es ahora como un diccionario que puedo consultar sobre la precisión de las cosas. La cosa en sí, y también su lugar entre otras cosas.

Soy mucho más consciente de la escala comparativa: lo pequeño se vuelve más pequeño, lo grande más grande, lo inmenso más inmenso. Y lo mismo sucede, no sólo con las cosas, sino con los espacios. Lo pequeño se vuelve más íntimo, lo grande más amplio. Y es porque los detalles –el gris exacto del cielo en determinada dirección, la forma en que un nudillo se arruga cuando una mano está relajada, la ladera de un campo verde a un lado distante de una casa– esos detalles reasumen una significación olvidada.

Regresó, maravillosamente, la heterogeneidad ordinaria de lo existente. Y los dos ojos, eliminadas las compuertas, una y otra vez, registran sorpresa.


Traducción de Cristina Sardoy.
© John Berger y Clarín, 2010.


web de Ñ: Texto publicado en Ñ 
John Berger, el prestigioso novelista, crítico y artista plástico inglés, autor de "Mirar" y "Modos de ver", entre otros, ofrece en exclusiva para Ñ el diario posterior a una operación de cataratas en el ojo izquierdo que le otorgó, en la madurez, un nuevo sentido de las distancias, los tamaños, las formas y los colores.


John Berger

Rijksmuseum

2010/12/31

Couleur 2011. Color 2011

photo: David Ranc


Le réel c'est une apparence infinie, une constante et inépuisable possibilité d'apparaître.

Antonio Machado



L'image du début 2011 c'est un chemin peint en bleu qui dessine un horizon rond, avec des lumières et des ombres, vraies comme les joies et les tristesses que nous pouvons trouver dans la vie, et que dans cette image rappellent des voiles hissées au vent. Il y a aussi le rouge, le couleur de la terre, pour nous maintenir liés au sol.


Je voudrais partager ce chemin avec tous ceux qui ont été importants  pour Azulbleu en 2010: Cristina Chi, Cristina Ballesteros, Elena Vecino, Victoria Morera, Mercedes Unzeta, Peter Nesbett et Shelly Bancroft, Andy Goldsworthy, Anne Murat, Ramón Sangüesa, Jesús Olmo, et tous les lecteurs qui ont passé par ici en laissant une trace bleue.


Pendant l'année 2011 Azulbleu va grandir, peut-être même fleurir, parce que l' ambition d'aller plus loin fera qu'il aie des collaborateurs et une orientation plus professionnelle. Je vais demander du conseil à ceux qui savent plus que moi, qui sont légion, et d'aide à des collaborateurs qui veulent parler de peinture en quelconque façon.
Parce que la Unión hace la Fuerza.



La photo de David Ranc, à été prise au Museu Nacional da República, à Brasilia, oeuvre de l'architecte Oscar Niemeyer
Vous pouvez visiter sa web: www.davidranc.com et son blog: davidikus.blogspot.com


Oscar Niemeyer est dans wikipédia
Sa web: www.niemeyer.org.br
Centre Culturel Oscar Niemeyer à Asturias, Espagnewww.niemeyercenter.org/



Lo real es una apariencia infinita, una constante e inagotable posibilidad de aparecer.

Antonio Machado

fotografía: David Ranc

La imagen que inicia 2011 es la de un camino pintado en azul que dibuja un horizonte curvo. Con luces y sombras, reales como las alegrías y tristezas que podemos encontrar en la vida, y que en esta imagen parecen las velas de un barco izadas al viento. Hay también algo de color rojo, el color de la tierra, para mantenernos con los pies en el suelo.
Me gustaría compartir este camino con todos aquellos que han sido importantes para Azulbleu durante 2010: Cristina Chi, Cristina Ballesteros, Elena Vecino, Victoria Morera, Mercedes Unzeta, Peter Nesbett y Shelly Bancroft, Andy Goldsworthy, Anne Murat, Ramón Sangüesa, Jesús Olmo, y todos los lectores que han pasado por aquí dejando un rastro azul.


Durante este año 2011 Azulbleu va a crecer, quizá incluso florecer, porque la ambición de hacerlo llegar más allá hará que tenga colaboradores y una orientación más profesional de la que ha tenido hasta ahora. Pediré consejo a quienes saben más que yo, que son legión, y ayuda a colaboradores que quieran hablar de pintura en cualquiera de sus formas.
Parce que la Unión hace la Fuerza.


La fotografía de David Ranc, fué tomada en el Museu Nacional da República, en Brasilia, obra del arquitecto Oscar Niemeyer
Pueden visitar su web: www.davidranc.com y su blog: davidikus.blogspot.com

Oscar Niemeyer está en wikipedia
Centro Cultural Oscar Niemeyer en Asturiaswww.niemeyercenter.org/

2010/10/11

Pintura mural en Philadelphia. A love letter for you.

approaching_a_city_by_edward_hopper
Approaching a City. Edward Hopper. 1946.



Si el pintor Edward Hopper viviera hoy día en Philadelphia, ¿pintaría así?


Su cuadro "Approaching a City", de 1946, parece haber inspirado la atmósfera y la paleta de color de este video de Will Roegge
El cuadro "Approaching a City" de Edward Hopper tiene una paleta de color sombría y densa, alejada de la paleta de otros cuadros suyos de temas urbanos, como "Casa junto a las vías del tren", de 1925, o "Pennsylvania Coal Town", de 1947, o "Early Sunday morning", en los que Hopper pintaba las sombras que se producen en un día soleado con una luz limpia y nítida. Una luz que daba ligereza a la soledad casi metafísica de los habitantes de sus pinturas. En una entrevista que le hizo John Morse en 1959, Hopper habla del miedo y de la ansiedad que hasta cierto punto nos produce el aproximarnos en tren a una gran ciudad y de cómo quiso captar ese sentimiento en el cuadro "Approaching a City". John Morse comenta que la primera vez que lo vió expuesto le llamó poderosamente la atención el juego de planos y volúmenes geométricos de este cuadro. Visto con ojos contemporáneos, llama la atención el muro que lleva al túnel, porque está vacío como un lienzo en blanco. Hoy día estos muros están seguramente llenos de pinturas, firmas y graffiti.






Edward Hopper Pennsylvania.jpg (55698 bytes)





El video del proyecto "A love letter for you" nos lleva a dar un paseo junto a las vías del tren y por las calles de la zona oeste de la ciudad de Philadelphia para mostrarnos las pinturas murales de Stephen Powers. El proyecto, patrocinado por el Programa de Arte Mural de la ciudad de Philadelphia consta de 50 pinturas murales y pudo recorrerse en un tren especial el día de San Valentín.


MAPValentineEmail (1)

¿Para cuándo un proyecto como el de Philadelphia Mural Arts Program en Barcelona? ¿Cuándo descubrirá el Ayuntamiento de Barcelona que promover y gestionar la creatividad con que tantos pintores murales llenan espontánea y gratuitamente las paredes de graffiti es mucho mejor que prohibirla? Lo que aquí se considera un problema, y por lo tanto se persigue y se prohíbe, en Philadelphia se promueve y se convierte en patrimonio artístico de todos.

Sigue soñando... 

  

2010/09/14

Cuento azul. Marguerite Yourcenar






Cuadro de Nuria Armengol La Tierra Prometida, óleo sobre lienzo, 150 x 150 cm, 2000


Los mercaderes procedentes de Europa estaban sentados en el
puente, de cara a la mar azul, en la sombra color índigo de las
velas remendadas de retazos grises. El sol cambiaba constantemente
de lugar entre los cordajes y, con el balanceo del barco,
parecía estar saltando como una pelota que rebotara por encima
de una red de mallas muy abiertas. El navío tenía que virar
continuamente para evitar los escollos; el piloto, atento a la maniobra,
se acariciaba el mentón azulado.
Al crepúsculo, los mercaderes desembarcaron en una orilla
embaldosada de mármol blanco; vetas azuladas surcaban la superficie
de las grandes losas que antaño fueran revestimiento de
templos. La sombra que cada uno de los mercaderes arrastraba
tras de sí por la calzada, al caminar en el sentido del ocaso, era
más alargada, más estrecha y no tan oscura como en pleno mediodía;
su tonalidad, de un azul muy pálido, recordaba a la de
las ojeras que se extienden por debajo de los párpados de una
enferma. En las blancas cúpulas de las mezquitas espejeaban
inscripciones azules, cual tatuajes en un seno delicado; de vez
en cuando, una turquesa se desprendía por su propio peso del
artesonado y caía con un ruido sordo sobre las alfombras de un
azul muelle y descolorido.
Se levantó la luna y emprendió una danza errática, como
un espíritu endiablado, entre las tumbas cónicas del cementerio.
El cielo era azul, semejante a la cola de escamas de una sirena,
y el mercader griego encontraba en las montañas desnudas
que bordeaban el horizonte un parecido con las grupas azules y
rasas de los centauros.
Todas las estrellas concentraban su fulgor en el interior del
palacio de las mujeres. Los mercaderes penetraron en el patio
de honor para resguardarse del viento y del mar, pero las mujeres,
asustadas, se negaban a recibirlos y ellos se desollaron en
vano las manos a fuerza de llamar a las puertas de acero, relucientes
como la hoja de un sable.
Tan intenso era el frío, que el mercader holandés perdió los
cinco dedos de su pie izquierdo; al mercader italiano le amputó
los dedos de la mano derecha una tortuga que él había tomado,
en la oscuridad, por un simple cabujón de lapislázuli. Por fin,
un negrazo salió del palacio llorando y les explicó que, noche
tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener la piel
suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse
con el negro merced al regalo de un talismán hecho de sangre
seca y de tierra de cementerio, así es que el nubio los introdujo
en una gran sala color ultramar y recomendó a las mujeres que
no hablaran demasiado alto para que no despertaran los camellos
en su establo y no se alterasen las serpientes que chupan la
leche del claro de luna.
Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos ávidos de
las esclavas, en medio de olorosos humos azules, pero ninguna
de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron
sus regalos. En una sala revestida de dorados, una china
ataviada con un traje anaranjado los tachó de impostores, pues
las sortijas que le ofrecían se volvían invisibles al contacto de su
piel amarilla. Ninguno advirtió la presencia de una mujer vestida
de negro, sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran
sin darse cuenta los pliegues de su falda, ella los maldijo invocando
al cielo azul en la lengua de los tártaros, invocando al
sol en la lengua turca, e invocando a la arena en la lengua del
desierto. En una sala tapizada de telas de araña, los mercaderes
no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin
cesar se palpaba para estar segura de que existía; en la siguiente
sala, color grana, los mercaderes huyeron a la vista de una mujer
vestida de rojo que se desangraba por una ancha herida
abierta en el pecho, aunque ella parecía no darse cuenta, ya que
su vestido no estaba ni siquiera manchado.
Pudieron al cabo refugiarse en el ala donde estaban las cocinas
y allí deliberaron acerca del mejor medio para llegar hasta
la caverna de los zafiros. Constantemente los molestaba el trajín
de los aguadores, y un perro sarnoso fue a lamer el muñón
azul del mercader italiano, el que había perdido los dedos. Al
fin, vieron aparecer por la escalera de la bodega a una joven esclava
que llevaba hielo granizado en un ataifor de cristal turbio;
lo depositó sin mirar dónde, sobre una columna de aire, para
dejarse las manos libres y poder saludar, levantándolas hasta la
frente, donde llevaba tatuada la estrella de los magos. Sus cabellos
azul-negros fluían desde las sienes hasta los hombros; sus
ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas; y su
boca no era sino una herida azul. Su vestido color lavanda, de
fina tela desteñida por hartos lavados, estaba desgarrado en las
rodillas, pues la joven tenía por costumbre prosternarse para
rezar y lo hacía constantemente.
Poco importaba que no comprendiera la lengua de los
mercaderes, pues era sordomuda; así, se limitó a asentir gravemente
con la cabeza cuando ellos inquirieron cómo ir hasta el
tesoro mostrándole en un espejo sus ojos color de gema y señalando
luego la huella de sus pasos en el polvo del corredor. El
mercader griego le ofreció sus talismanes: la niña los rechazó
como lo hubiera hecho una mujer dichosa, pero con la sonrisa
amarga de una mujer desesperada; el mercader holandés le tendió
un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia desplegando
con las manos el pobre vestido todo roto, y no les fue
posible adivinar si es que se juzgaba demasiado indigente o demasiado
rica para tales esplendores.
Luego, con una brizna de hierba levantó el picaporte de la
puerta y se encontraron en un patio redondo como el interior
de un pozal, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. La joven
se sirvió de su dedo meñique para abrir la segunda puerta
que daba a la llanura y, uno tras otro, se encaminaron hacia el
interior de la isla por un camino bordeado de matas de aloe.
Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, cual
siete víboras pequeñas y negras, en tanto que la muchacha estaba
desprovista de toda sombra, lo que les dio que pensar si no
sería un fantasma.
Las colinas, azules a distancia, se volvían negras, pardas o
grises a medida que se aproximaban; sin embargo, el mercader
de la Turena no perdía el valor y para darse ánimos cantaba
canciones de su tierra francesa. El mercader castellano recibió
por dos veces la picadura de un escorpión y sus piernas se hincharon
hasta las rodillas y cobraron un color de berenjena madura,
pero no parecía sentir dolor alguno e incluso caminaba
con un paso más seguro y más solemne que los otros, como si
estuviera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El
mercader irlandés lloraba viendo cómo gotas de sangre pálida
perlaban los talones de la muchacha, que andaba descalza sobre
cascos de porcelana y de vidrios rotos.
Cuando llegaron al sitio, tuvieron que arrastrarse de rodillas
para entrar a la caverna, que no abría al mundo más que
una boca angosta y agrietada. La gruta era, sin embargo, más
espaciosa de lo que hubiera podido esperarse y, así que sus ojos
hubieron hecho buenas migas con las tinieblas, descubrieron
por doquier fragmentos de cielo entre las fisuras de la roca. Un
lago muy puro ocupaba el centro del subterráneo, y cuando el
mercader italiano lanzó una guija para calcular la profundidad,
no se la oyó caer, pero se formaron pompas en la superficie,
como si una sirena bruscamente despertada hubiera expelido
todo el aire que llenaba sus pulmones. El mercader griego empapó
sus manos ávidas en aquella agua y las sacó teñidas hasta
las muñecas, como si se tratara de la tina hirviendo de un tintorero;
mas no logró apoderarse de los zafiros que bogaban, cual
flotillas de nautilos, por aquellas aguas más densas que las de
los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y sumergió
los cabellos en el lago: los zafiros se prendieron en ellos
como en las mallas sedosas de una oscura red. Llamó primero
al mercader holandés, que se metió las piedras preciosas en las
calzas; luego, al mercader francés, que se llenó el chapeo de za29
firos; el mercader griego atiborró un odre que llevaba al hombro,
en tanto que el mercader castellano, arrancándose los sudados
guantes de cuero, los llenó y se los puso colgados al
cuello, de tal suerte que parecía llevar dos manos cortadas.
Cuando le llegó el turno al mercader irlandés, ya no quedaban
zafiros en el lago; la joven esclava se quitó un colgante de abalorios
que llevaba y por señas le ordenó que se lo pusiera sobre
el corazón.
Salieron arrastrándose de la caverna y la muchacha pidió
al mercader irlandés que la ayudara a rodar una gruesa piedra
para cerrar la entrada. Luego, colocó un precinto confeccionado
con un poco de arcilla y una hebra de sus cabellos.
El camino se les hizo más largo que a la ida por la mañana.
El mercader castellano, que empezaba a sufrir a causa de sus
piernas emponzoñadas, se tambaleaba y blasfemaba invocando
el nombre de la madre de Dios. El mercader holandés, que estaba
hambriento, trató de arrancar las azules brevas maduras de
una higuera, pero un enjambre de abejas ocultas en la espesura
almibarada le picaron profundamente en la garganta y en las
manos.
Llegados al pie de las murallas, el grupo dio un rodeo para
evitar a los centinelas y se dirigieron sin hacer ruido hacia el
puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto,
pues hacía largo tiempo que no se pescaban ya sirenas en
aquel país. La barca flotaba blandamente en el agua, amarrada
al dedo de un pie de bronce, único resto de una estatua colosal
erigida antaño en honor a un dios del que ya nadie recordaba el
nombre. En el muelle, la esclava sordomuda hizo intención de
despedirse de los hombres, saludándoles con las manos puestas
en el corazón; entonces, el mercader griego la tomó por las muñecas
y la arrastró hasta el barco, movido por el propósito de
venderla al príncipe veneciano del Negroponto, de quien se sabía
que le gustaban las mujeres heridas o afectadas de alguna
invalidez. La doncella se dejó llevar sin oponer resistencia y sus
lágrimas, al caer sobre las maderas del puente, se transforma30
ban en bellas aguamarinas, así es que sus verdugos se las ingeniaron
para darle motivos que la hicieran llorar.
La dejaron desnuda y la ataron al palo mayor; su cuerpo
era tan blanco que servía de fanal al barco en aquella noche
clara navegando entre las islas. Cuando hubieron terminado su
partida de palillos, los mercaderes bajaron a la cabina para
echarse a dormir. Hacia el alba, el holandés subió al puente
aguijoneado por el deseo y se acercó a la prisionera, dispuesto a
violentarla. Mas he aquí que la niña había desaparecido: las ligaduras
colgaban, vacías, del tronco negro del mástil, como un
cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde se habían posado
sus pies suaves y delgados no quedaba otra cosa que un
montoncito de hierbas aromáticas que exhalaban un humillo
azul.
En los días que siguieron reinó una calma chicha, y los rayos
del sol, que caían a plomo sobre la lisa superficie color de
algas, producían un chirrido de hierro candente sumergido en
agua fría. Las piernas gangrenadas del mercader castellano se
habían puesto azules como las montañas que se columbraban
en el horizonte y purulentos regueros se deslizaban desde las
tablas del puente hasta el mar. Cuando el sufrimiento se hizo
intolerable, el hombre sacó del cinturón una ancha daga triangular
y se cercenó a la altura de los muslos las dos piernas envenenadas.
Murió agotado al despuntar la aurora, después de haber
legado sus zafiros al mercader suizo, que era su enemigo
mortal.
Al cabo de una semana recalaron en Esmirna y el mercader
de Turena, que siempre había temido al mar, optó por desembarcar,
con intención de continuar su viaje a lomos de una buena
mula. Un banquero armenio le cambió los zafiros por diez
mil monedas con la efigie del Preste Juan. Eran piezas perfectamente
redondas y el francés cargó alegremente con ellas hasta
trece mulos; pero, así que llegó a Angers, tras siete años de viaje,
se encontró con la sorpresa de que las monedas del monarcapreste
no tenían curso en su país.
En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una
jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir
aquel insulso líquido aventado que no tenía el mismo gusto
que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano
desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar
Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias
con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurrió
atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de
la barca, esperando que el contacto con las olas fuera benéfico
para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron
líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas gotas
de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces
y asándolos al rescoldo de la ceniza.
Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el
barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se
tragó sus zafiros para sustraerlos a la avaricia de los piratas y
murió de atroces dolores de entrañas. El griego se echó al mar
y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta Tinos. El irlandés,
molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre
los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de
quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún
valor. Treinta días más tarde, la barca a la deriva entró por sí
misma en el puerto de Dublín y el irlandés echó pie a tierra para
mendigar un pedazo de pan.
Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas
sugerían grandes espejos destinados a captar los espectros de la
luz muerta. La calzada desigual se encharcaba más y más; el cielo,
de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso que ni los ángeles
se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban
desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía calcetines
de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado
al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes
y los obispos esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían
nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus
mitras, y la Magdalena recibía el agua en sus senos desnudos.
El mercader, todo desalentado, fue a sentarse bajo el pórtico
junto a una joven mendiga, tan pobre que su cuerpo, azulenco
de frío, se veía a través de los desgarrones de su vestido gris. Sus
rodillas se entrechocaban ligeramente; sus dedos cubiertos de
sabañones apretaban un mendrugo de pan. El mercader le pidió
por el amor de Dios que se lo diera, y ella se lo tendió en el acto.
El mercader hubiera querido regalarle el colgante de abalorios
azules, puesto que no tenía ninguna otra cosa que ofrecer; mas
en vano buscó en sus bolsillos, alrededor de su cuello, entre las
cuentas de su rosario. No hallándolo, se echó a llorar desconsolado:
no poseía ya nada que pudiera recordarle el color del cielo
y la tonalidad del mar en donde había estado a punto de perecer.
Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla
se espesaban en derredor, la muchachita se apretujó contra
él para darle calor. El hombre le hizo preguntas acerca del país
y ella le contestó en el tosco dialecto del pueblo que dejara antaño,
siendo aún muy chico. Entonces, apartó los cabellos desgreñados
que cubrían el rostro de la mendiga, pero tan sucio
estaba que la lluvia iba trazando en él regueritos blancos, y el
mercader descubrió horrorizado que la niña era ciega y que una
siniestra nube velaba el ojo izquierdo. No dejó por ello, sin embargo,
de posar su cabeza en aquellas rodillas mal cubiertas de
harapos y se durmió sosegado: el ojo derecho, que había visto
privado de mirada, era milagrosamente azul.

Cuento azul. Marguerite Yourcenar.
Cuentos completos. Editorial Alfaguara.

2009/12/18

¡Pintura! Marina Núñez.


Pintura de Marina Nuñez, una pintora a la que admiro desde hace años, cuando vi un cuadro suyo en la exposición colectiva "Una locura", comisariada por Juan Bofill, en la que también participaba Jordi Saladrigas, en 2001(?). De pronto he caído en que no había escrito nada sobre ella, a pesar de recordar su cuadro durante todos estos años. Era una cabeza enorme, con una gama de color nada realista y una mueca como expresión. Pertenecía a su serie de cuadros "Locura" y aunque era otra, he decidido reproducir ésta cabeza porque es donde mejor se aprecia el contraste de azules y rojos, ya que es difícil en el pequeño tamaño de la columna de este blog producir el mismo impacto que me produjo ver el cuadro de 145 x 145 cm al natural. Creía recordar que el color del fondo era el mismo lienzo de lino sin imprimar, pero al ver las fotos de su web, ahora lo dudo.





















La memoria, dicen, reconstruye nuestros recuerdos cada vez que los evocamos y los va modificando con el tiempo.

Es el único cuadro que he visto de ella al natural. Al visitar su web, lamento no haber visto hasta ahora cuadros como éste de la serie "Ciencia Ficción" donde, gracias a un punto de vista cenital nos pinta una inquietante realidad sugiriendo que dos seres habitan un mismo cuerpo, aunque bien podría ser la representación de un pensamiento, un recuerdo, o bien de un proceso mental o capacidad de percepción.

Utilizar la pintura figurativa y el dibujo realista no para representar una realidad externa, sino pensamientos, emociones, procesos mentales, es algo a muchas mujeres pintoras parece interesarnos mucho.

2009/06/29

Pictos, ¿cómo obtenían el azul con que se pintaban?

En una sobremesa agradable, en la que nos quedamos hablando en el jardín tras una comida sabrosa y ligera, hablábamos de Pintura y colores con una amiga y surgieron los Pictos, esos guerreros celtas que iban a la batalla con el cuerpo pintado de azul. Mi amiga preguntó: "¿cómo obtenían el pigmento azul?". He indagado para contestar y he aquí algunas respuestas:

Julio César en el Siglo I a.C. escribe en "La guerra de las Galias": “Los celtas pintan sus cuerpos con tintura de glasto, para parecer más terribles. Llevan el pelo largo y los cuerpos afeitados, a excepción del labio superior y la cabeza”.



En el blog exapamicron encuentro este ameno artículo que amplía la información:

Breve historia del azul
08/15/06 by fraxi

Empezamos con William Wallace. Al "Braveheart" de Mel Gibson habría que desmaquillarlo y quitarle la falda. No existen testimonios de que en esa época hubiera guerreros escoceses pintados de azul, esa ornamentación es bastante anterior, así como tampoco lo hay de escoceses con kilt (la falda) hasta mucho después. Sin embargo lo que nos interesa es el azul que los antepasados de Wallace emplearon para teñir la ropa y pintarse el cuerpo. Para aplicarse esos colores utilizaban un tinte azul que procedía del glasto, un arbusto de un metro de altura que crece en la Europa septentrional. Cuando se ponía el glasto en contacto con un montón de abono produce un líquido amarillo que si se frota en las ropas o el cuerpo cambia de color convirtiéndose en azul brillante.

Como se podía obtener a bajo costo en grandes cantidades este azul se extendió por toda Europa y durante la Edad Media lo encontramos dando color a calzas, jubones y tocas. No tuvo rival hasta unos siglos más tarde cuando los mercaderes holandeses que viajaban a Oriente trajeron una planta que produce el mismo tinte y crece más deprisa y a menos coste que el glasto: el índigo. Los británicos, principales productores europeos de azul de glasto, reclamaron impuestos sobre el “azul extranjero” ya que según sus análisis era “dañosa, funestamente devoradora, perniciosa, engañadora, consuntiva y corrosiva” (documento londinense de 1577). La Marina Real se puso de su lado, sus uniformes sólo podrían ser teñidos mediante el patriótico glasto. Pero los los productores de tinte no tardaron en ver las ventajas del índigo y establecieron plantaciones en el Caribe y en la India abandonando el glasto. A principios del siglo XVII entró en bancarrota el último de los productores de glasto.

La venganza del glasto llegaría por medio de un químico alemán, Adolf von Bayer, que desde los 8 años buscaba una manera de obtener indigo en una probeta y cuya tenacidad se vió recompensada en 1885 cuando contaba 60 años. Ahora una fábrica alemana podía producir tanto índigo como una plantación subtropical británica de 100.000 hectáreas. Los productores de índigo pidieron impuestos sobre ese pernicioso índigo sintético, la Armada Real manifestó que sus uniformes sólo podían ser teñidos con el hermoso y patriótico indigo. Pronto las fabricas británicas empezaron a “cosechar” el índigo sintético. En 1912 entró en bancarrota la ultima de las plantaciones.

Estamos en la gran época del indigo sintético, las batallas en los campos de Europa destrozan millones de uniformes teñidos de ese color. Pero en los 50 estalla el crack del azul, China que utilizaba el índigo para teñir los monos de obrero, el uniforme oficial y obligatorio, cierra el comercio al “azul extranjero” y comienza a utilizar sus propios tintes. El 30% del mercado mundial se vino a pique. Para empeorar las cosas la empresa suiza Ciba y la británica ICI se ponen de acuerdo para comercializar nuevos tintes sintéticos de colores brillantes y baratos. El índigo yace arrinconado en el fondo del armario ante el boom de las prendas de algodón chillonas de los 60. La Armada Real no dice nada no vaya a ser que acabe por llevar uniformes de rosa fucsia.

A principios de los 60 sólo existían cuatro fábricas de índigo fuera de China y la situación empeoraba por momentos, se debía buscar un nuevo uso para el índigo. No se conoce el nombre del ingeniero químico que sugirió la primera aproximación a la solución, marketing dijo que la idea era una solemne estupidez y no fue apoyada. ¿A quién iban a interesarle unos pantalones azules?. La verdad es que el índigo le daba a los pantalones un brillante color azul que los hacia parecer demasiado llamativos. Otro químico dio con una solución que calmaba la intensidad del color azul: se teñirian los hilos verticales de la tela de indigo y se dejarían que los horizontales siguiesen de color blanco. Se descubrió que una pequeña empresa textil de California poseía precisamente este tipo de diseño en su catálogo. Se llamaba Levi-Strauss, y fabricaba los pantalones tejanos de marca Levi’s.

Libro:
David Bodanis : Los secretos de una casa

Existe una información diferente a la del pigmento de glasto que explicaría el origen de ese azul de otro modo:

Herodías, en el Siglo III d.c. escribe:…”Poco acostumbrados a llevar ropas, adornan sus cuellos y cinturas, lo que consideran un símbolo de belleza y de prosperidad económica, tatúan su cuerpo con dibujos abstractos y toda suerte de animales, acudiendo casi siempre desnudos a la lucha…”